« No sirvo para nadie, pero puedo amar a sus hijos. »

Se dieron la vuelta y se fueron riendo, como si simplemente no hubieran encontrado el producto adecuado.

Santiago se quedó solo, roto.

Los niños guardaron silencio.

La más pequeña, una niña con trenzas, lloraba en voz baja.

Esa escena le apretó el corazón a Rocío.

Sin pensarlo, se acercó.

— Don Santiago Herrera… Soy Rocío Aguilar. Envié el telegrama.

Él la observó: un vestido sencillo, manos gastadas por el trabajo, ojos cansados.

Rocío esperó lo que ya conocía: la decepción, el rechazo.

Pero Santiago no se rió.

A sus espaldas, una de las mujeres —pelirroja— soltó una risa burlona:

— Qué espectáculo. ¿Crees que te va a querer? Mírate.

La vergüenza quemó en Rocío, pero sostuvo la mirada de Santiago y dijo lo que llevaba tiempo grabado en su interior:

— No sirvo para ningún hombre… eso lo sé desde hace mucho.Continuar leyendo...

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