« No sirvo para nadie, pero puedo amar a sus hijos. »

«No sirvo para ningún hombre» —dijo la mujer corpulenta—. «Pero puedo amar a sus hijos».

— No sirvo para ningún hombre, señor… pero puedo amar a sus hijos.

Esas palabras salieron de los labios de Rocío Aguilar como una verdad antigua y gastada, una que llevaba demasiado tiempo repitiéndose a sí misma. La dueña de la pensión, doña Meche, estaba de pie en la puerta de la cocina con los brazos cruzados, oliendo a jabón y a juicio.

— Todas las muchachas de tu edad ya se han ido, Ro. Se casaron, “se acomodaron bien”, encontraron un techo firme sobre sus cabezas —la midió de pies a cabeza como mercancía en un mercado—. Dime la verdad: ¿de verdad no sirves para ningún hombre?

Las manos de Rocío se quedaron inmóviles sobre el plato enjabonado.

Esa frase… no era nueva.

Dos años antes, en la estación de Aguascalientes, Rocío había viajado tres días en tren con un billete barato y una maleta de lona para encontrarse con un hombre que había publicado un anuncio matrimonial. Decía:
«Busco esposa trabajadora, de aspecto agradable, sin problemas».

Bajó del vagón con una esperanza temblorosa en el pecho.

El hombre ni siquiera tocó su maleta. Solo la miró, resopló en voz baja y lanzó, como si escupiera:

— No eres lo que estaba buscando. No sirves para ningún hombre.Continuar leyendo...

Próxima »

Recent Articles

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *