Siempre le decía a Iktan:
—Cuando crezcas y si algún día encuentras a tu madre… perdónala. Nadie abandona a su hijo sin que le duela el alma.
Iktan creció entre puestos ambulantes, mercados callejeros y noches frías bajo el puente. Nunca supo cómo era su madre.
Don Eusebio solo le contó que, cuando lo encontró, el papel tenía una mancha de labial y un cabello largo enredado en la pulsera.
Él pensaba que su madre era muy joven… tal vez demasiado joven para criar a un hijo.
Un día, Don Eusebio enfermó gravemente de los pulmones y fue llevado a un hospital público.
Sin dinero, Iktan tuvo que salir a pedir comida más que nunca.
Aquella tarde escuchó a la gente decir que en una mansión de Polanco se celebraba la boda más grande del año.
Con el estómago vacío y la garganta seca, decidió intentar suerte.
Se quedó tímidamente cerca de la entrada.
Las mesas rebosaban de comida: mole, carnitas, pan dulce, refrescos fríos.
Una ayudante de cocina lo vio, sintió lástima y le entregó un plato caliente.
—Siéntate allá y come rápido, niño. Que nadie te vea.Continuar leyendo...
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