“Por favor, alguien bueno cuide a este niño.
Se llama Iktan.”
Don Eusebio no tenía nada: ni casa, ni dinero, ni familia.
Solo tenía unas piernas cansadas y un corazón que aún sabía amar.
Aun así, cargó al niño y lo crió con lo poco que encontraba: pan duro, sopa regalada, botellas recicladas.