Pensó en Lourdes.
Pensó en sus hijos de pequeños, con las manos llenas de arena.
Pensó, por primera vez, que quizá había fallado.
Cuando el agua le cubrió el rostro, no pidió salvarse. Pidió que sus hijos no se perdieran para siempre.
Durante días, el pueblo habló en voz baja. El viejo pescador había desaparecido. Bruno lloró frente a todos. Thago se encerró en el silencio. Carla no dormía. El mar, indiferente, seguía respirando.
Hasta que decidió devolverlo.
Miguel, un pescador joven, reconoció el cuerpo flotando antes de aceptar la realidad. No dudó. Se lanzó, lo sostuvo, pidió ayuda. José estaba vivo, apenas, colgando de un hilo invisible.
Despertó en un hospital con olor a desinfectante y sal. Carla estaba allí. No gritó. No habló. Solo lloró. José apretó su mano con la poca fuerza que le quedaba. Ese gesto valió más que cualquier palabra.
Pidió ver a sus hijos días después.Continuar leyendo...
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