Sus hijos sí.
Bruno, el mayor, hacía años que había dejado de mirar a su padre como un hombre y empezado a verlo como una variable. Para él, la casa frente al mar no era un hogar: era un activo. La lancha no era un recuerdo compartido: era capital inmovilizado. El terreno que José se negaba a vender era una oportunidad desperdiciada. Cada arruga de su padre era, en su mente, tiempo perdido.
Thago, el segundo, vivía atrapado entre la lealtad y el miedo. Veía cómo la tensión se espesaba en cada comida, en cada conversación inconclusa, pero elegía no mirar demasiado. Sabía que algo se estaba pudriendo, y también sabía que nombrarlo significaba enfrentarlo.
Carla, la menor, era la única que aún escuchaba a José. La única que se sentaba a su lado sin apuro. La única que entendía que el silencio de su padre no era vacío, sino duelo.Continuar leyendo...
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