“Hija, te dejé el mejor regalo que podía darte: la oportunidad de forjar tu propia vida, sin depender de mi muerte.”
Dos años después, regresé a Estados Unidos por primera vez.
No volví a mi antigua casa.
Nos encontramos en un café tranquilo.
Cuando Sophie entró, parecía mayor, no por su edad, sino por su experiencia de vida.
Se sentó frente a mí en silencio.
“Mamá…”, susurró.
Ya no había arrogancia.