Una agente se arrodilló a su lado.
«Ya estás a salvo», susurró.
Lentamente, por primera vez esa noche, la niña pronunció su nombre: Lucía.
Ella no era hija de Rubén. La había secuestrado después de que su madre intentara denunciar por abuso. La había arrastrado de pueblo en pueblo, escondiéndose en moteles baratos y propiedades aisladas para evitar ser detectada.
Pero ahora, gracias al coraje de Mariela, la pesadilla había terminado.
Esa noche, llevaron a Lucía a un albergue de protección, y Rubén fue arrestado en espera de juicio. Sin el testimonio de Mariela, podría haberse escapado de nuevo.
Unos días después, mientras Mariela preparaba habitaciones para la siguiente ola de viajeros, encontró una pequeña nota dejada en la recepción con letra incierta:
“Gracias por no fingir que no lo viste”.
Mariela guardó la nota en el bolsillo de su delantal, sabiendo que su trabajo —a menudo lleno de noches largas y pasillos solitarios— le había permitido en ese momento ser una luz en un lugar muy oscuro.
Y en la habitación 207, esa luz puede haber salvado una vida.Continuar leyendo...
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