“¿Está todo bien ahí dentro?” preguntó con voz temblorosa pero firme.
Una pausa. Se oyeron pasos pesados. Rubén entreabrió la puerta, frunciendo el ceño.
“Estamos bien”, espetó.
Pero Mariela podía ver a la chica detrás de él: su mejilla recién enrojecida, el cuerpo rígido por el miedo. Algo dentro de Mariela encajó. Ya era suficiente.
Ella presionó su pie contra la puerta para evitar que la cerrara.
—Necesito hablar con la niña —dijo, firme ahora, a pesar del temblor en sus huesos.
La expresión de Rubén se retorció de furia. Por un instante, Mariela temió que se desatara. Pero antes de que pudiera decidirse, se oyó un ruido proveniente de abajo: botas, gritos, el sonido de agentes subiendo corriendo las escaleras. En cuestión de segundos, la policía lo rodeó y lo obligó a retroceder.
Maldijo, entró en pánico, intentó manipular a la niña con palabras, pero ella permaneció en silencio, temblando, las lágrimas corrían libremente.Continuar leyendo...
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