Lucía estaba sentada al borde de la cama, con lágrimas resbalando silenciosamente por sus mejillas. Un gran moretón le oscurecía el brazo. Rubén le agarraba la muñeca con fuerza, inclinándose hacia su rostro, hablándole con una voz que destilaba amenaza y control. El terror en la expresión de la chica era inconfundible.
El pulso de Mariela latía con fuerza en sus oídos. Sabía que no podía ignorarlo. Esa chica necesitaba a alguien, a cualquiera, que hiciera lo que ella no podía.
Regresó a la recepción, dando vueltas, con los nervios a flor de piel. Las dudas surgieron de inmediato:
¿Y si lo malinterpretó? ¿Y si el hombre era en realidad su padre y ella malinterpretó la situación? ¿Y si la policía la despidió?
Pero ella había visto el moretón. Había visto el miedo.
Eso fue suficiente.
Volvió arriba media hora después. La habitación estaba en silencio, salvo por el clic metálico de la cerradura. Escuchó, se apretó contra la puerta y, tras unos instantes, oyó un sollozo ahogado y algo que se estrellaba contra el suelo. Con el pánico apoderándose de ella, llamó a la policía, explicando todo lo que había presenciado. Los agentes dijeron que enviarían ayuda, pero que necesitaban verificar primero.
Mariela no podía quedarse quieta. Recorrió el pasillo, fingiendo revisar las habitaciones vacías, pero atenta a cualquier señal de peligro.
De repente, un grito rompió el silencio.
Ella se apresuró a llegar a la habitación 207 y llamó con fuerza.Continuar leyendo...
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