Estaba bañando a mi suegro, incapaz de moverse, cuando al quitarle la camisa me quedé inmóvil: recordé las advertencias de mi esposo antes de viajar y por fin comprendí por qué siempre temía que yo entrara en la habitación de su padre…

Tragué saliva y continué.

“Yo no estoy loco. No deliro. Puedo pensar. No puedo moverme bien, pero mi cabeza sigue funcionando. El accidente de coche no fue un accidente. Diego…”

La frase quedaba a medias, la pluma se había deslizado hacia abajo. Había un par de líneas indecisas, como si se le hubiera terminado la fuerza. Más abajo, con una letra aún más irregular, continuaba:

“Diego me odia. Piensa que no me di cuenta, pero lo vi. Vi cómo soltó el volante, cómo cerró los ojos, cómo sonrió antes de que el coche se saliera de la carretera. Quería que los dos muriéramos. Él necesitaba el dinero.”

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Yo conocía la versión de Diego: una lluvia inesperada, un charco, el coche que patina, el impacto contra el guardarraíl. Su padre sobrevive, pero queda paralizado del cuello para abajo. Diego siempre contaba la historia con un dolor contenido, como si se culpase de no haber podido evitarlo. Ahora, esas líneas torcidas en la libreta decían otra cosa.Continuar leyendo...

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