Mi corazón empezó a latir con fuerza. Miré el reloj: eran apenas las diez de la mañana. Diego, en teoría, estaba a miles de kilómetros, en un viaje de trabajo. La puerta se cerró y escuché pasos en el pasillo. Me quedé quieta, con la libreta todavía abierta en las manos y mi suegro semi desnudo, cubierto sólo por la toalla.
“A lo mejor es la enfermera”, pensé, intentando no entrar en pánico. Respiré hondo.
—Voy enseguida —grité, dejando la libreta disimuladamente debajo de la toalla doblada sobre la silla.
Salí al pasillo. No era Diego. Era el vecino de enfrente, el señor Julián, con un juego de llaves en la mano.
—Ana, perdona —dijo, algo avergonzado—. Diego me pidió que pasara a dejar estos papeles en el despacho y a ver si necesitabas algo con don Manuel.Continuar leyendo...
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