Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.

La había criado como a una princesa, protegiéndola del mundo con la ferocidad de un león guardando a su cachorro. “Las mujeres de bien,” le decía constantemente, “no andan solas en la calle. Las mujeres de bien se casan con hombres de posición que puedan mantenerlas como señoras. Y Miguel Ángel Hernández, por más bueno y trabajador que fuera, no era lo que don Aurelio tenía en mente para su pequeña Teresa.

La tormenta estalló una noche de noviembre cuando don Aurelio llegó temprano de una de sus tiendas y encontró a Teresa cosiendo junto a la ventana, tarareando una canción de amor con una sonrisa que no había visto antes. ¿Qué te tiene tan contenta, hija?, preguntó, pero había algo en su voz que hizo que Teresa sintiera un escalofrío.

Nada especial, papá, solo es una noche hermosa. Don Aurelio se acercó a la ventana y miró hacia la plaza. En ese momento, Miguel pasaba por ahí con su paso característico y su sombrero ladeo, silvando la misma canción que Teresa había estado tarareando. Ese muchacho, murmuró don Aurelio, lo he visto rondando por aquí últimamente. El corazón de Teresa se detuvo. Había sido tan cuidadosa, tan discreta.

No sé de quién hablas, papá. Pero don Aurelio no era tonto. Había llegado donde estaba leyendo a las personas como si fueran libros abiertos. Esa misma noche esperó hasta que Miguel apareció en la plaza, como había estado haciendo durante meses. Don Aurelio salió de su casa con paso firme y se dirigió directamente hacia el joven.

“Usted debe ser Miguel Ángel Hernández”, dijo. Y no era una pregunta. Miguel se quitó el sombrero inmediatamente. Sí, señor, para servirle. No me sirve para nada, replicó don Aurelio con voz cortante. Pero sí quiere algo de mí, ¿verdad? Miguel tragó saliva.

Sabía que este momento llegaría tarde o temprano, pero había esperado estar mejor preparado. Señor Morales, yo yo amo a su hija Teresa con todo mi corazón y toda mi alma y quisiera pedirle su mano en matrimonio. La risa de don Aurelio fue seca como hojas muertas. su mano en matrimonio. Usted, un peón sin tierra ni apellido, quiere casarse con mi hija. Señor, yo trabajo duro. Tengo planes, sueños.

Los sueños no ponen comida en la mesa, interrumpió don Aurelio. Los sueños no compran vestidos ni medicinas. Los sueños no dan respetabilidad a una mujer. Miguel se irguió sintiendo que la dignidad era lo único que le quedaba. Yo puedo darle todo eso, Señor.

Tal vez no ahora, pero pero ¿qué espera que mi hija viva de promesas? Que críe hijos en una choza mientras usted persigue quimeras. Las palabras de don Aurelio eran como puñaladas. Pero lo que más dolía a Miguel era saber que en cierto modo el padre de Teresa tenía razón. Él no tenía nada que ofrecer, excepto su amor.

Y en un mundo donde el amor no pagaba las cuentas, eso parecía muy poco. Escúcheme bien, muchacho. Continuó don Aurelio, acercándose tanto que Miguel pudo oler el tabaco en su aliento. Mi hija va a casarse con alguien de su clase, con el hijo de don Roberto Vázquez, por ejemplo, que tiene tierras y futuro asegurado.

Usted olvídese de ella, porque si no no terminó la frase, pero la amenaza flotó en el aire como humo espeso. Miguel sintió que el mundo se desmoronaba a sus pies, pero cuando levantó los ojos y vio a Teresa asomada a la ventana de su casa, con lágrimas corriendo por sus mejillas, supo que no podía rendirse. Con todo respeto, don Aurelio, dijo con voz temblorosa, pero firme.

Yo no puedo olvidarme de Teresa y creo que ella tampoco puede olvidarse de mí. Esa noche Teresa lloró hasta que no le quedaron más lágrimas. Su padre había entrado a la casa hecho una furia, gritando sobre muchachos sinvergüenzas y hijas desobedientes. Le había prohibido salir sola, le había quitado cualquier libertad que tuviera.

“Vas a ver lo que es bueno para ti”, le había dicho. Ese muchacho solo te va a traer sufrimientos y pobreza. Los hombres como él no cambian, Teresa. Nacen pobres y mueren pobres y se llevan a sus mujeres con ellos a la miseria. Las palabras se clavaron en el corazón de Teresa como espinas. amaba a Miguel con toda su alma, pero la voz de su padre plantó una semilla de duda que con el tiempo crecería en las profundidades de su corazón como una enredadera venenosa.

Los meses que siguieron fueron los más difíciles que Teresa había vivido. Don Aurelio la mantenía prácticamente prisionera en casa, acompañándola incluso cuando iba a misa los domingos. había hablado con toda la familia, con los vecinos, con medio pueblo, para que vigilaran a su hija y le informaran de cualquier contacto con ese peón.

Pero el amor verdadero encuentra siempre una manera. Miguel comenzó a trabajar en la panadería de la familia García, que estaba justo enfrente de la casa de los Morales. Cada mañana, cuando Teresa se asomaba a la ventana, él estaba ahí cargando costales de harina con una sonrisa que le decía que no se había rendido, que nunca se rendiría. La hermana menor de Miguel Esperanza, se convirtió en su cómplice.

Era una niña de apenas 12 años, pero lista como un zorro y valiente como un león. Llevaba cartas de Miguel a Teresa escondidas en canastas de pan dulce que vendía puerta por puerta. Las cartas de Miguel eran poesía pura. Mi querida Teresa, cada mañana que no puedo verte es como un día sin sol, pero sé que este invierno pasará. Y pronto vendrá nuestra primavera.

He estado ahorrando cada centavo que gano. Ya tengo suficiente para comprar un terreno pequeño y con mis propias manos construiré nuestra casa. No será un palacio, mi amor, pero será nuestro hogar y eso la hará más hermosa que cualquier mansión. Teresa guardaba cada carta como si fuera un tesoro, escondiéndolas entre las páginas de su libro de oraciones.

 

 

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