Julian sonrió levemente. “¿Cómo se llama?”
“Lila”, susurró Emily.
El nombre lo impactó.
Lila: el nombre con el que una vez soñaron para una hija, cuando su mundo era un mundo.
Julian se hundió en una silla. “Empieza a hablar. ¿Por qué te fuiste?”
Emily dudó, luego se sentó frente a él, abrazando a Lila de forma protectora.
“Descubrí que estaba embarazada la misma semana que tu empresa salió a bolsa”, dijo. “Trabajabas sin parar. No quería ser una carga”. “Fue mi decisión”, respondió él con brusquedad.
“Lo sé”, susurró ella, con lágrimas en los ojos. “Luego descubrí que tenía cáncer”.
Se le encogió el corazón.
“Era la etapa dos. No sabían si sobreviviría. No quería que tuvieras que elegir entre tu compañía y una novia moribunda. Así que me fui. Di a luz sola. Luché sola contra la quimioterapia. Y sobreviví”.
Se quedó sin palabras; la ira y la tristeza se mezclaban.
“¿No confiaste en mí lo suficiente como para dejarme ayudarte?”, preguntó finalmente.
Los ojos de Emily se llenaron de lágrimas. “Ni siquiera confiaba en mí misma para sobrevivir”.
Lila tiró de la manga de su madre. “Mami, tengo sueño”.
Julian se agachó. “¿Quieres descansar en una cama calentita?”.Continuar leyendo...
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