Me miró de arriba abajo.
Huele a pobreza. Huele a vejez. Esta casa no es un refugio para fracasados.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. No respondí. Nunca lo hice.
Adrián me agarró del brazo con fuerza y me arrastró por el pasillo de mármol. Lucía lloraba en silencio. No se atrevía a tocarlo.
—¡Fuera! —gritó, abriendo de golpe la puerta principal—. ¡Llévense sus harapos y sus inútiles oraciones!
“Adrián, por favor… está lloviendo… no tengo adónde ir”, supliqué, agarrándome al marco de la puerta. “Me voy a enfermar…”
Se inclinó más cerca, sonriendo.
“Entonces muere lejos de aquí, vieja inútil.”
Y me empujó.
Caí sobre la acera mojada. La puerta se cerró de golpe. La lluvia me empapó hasta los huesos. Humillado. Abandonado.
Lo que Adrián no sabía era que alguien había visto todo desde un coche aparcado al otro lado de la calle.
¿Quién fue? ¿Y por qué ese testigo silencioso cambiaría el destino de todos en la segunda parte?
PARTE 2:
Permanecí sentado bajo la lluvia varios minutos, sin fuerzas para levantarme. Me temblaban las rodillas. Mis recuerdos también. Entonces, la puerta de un coche se cerró.
“¿Está bien, señora?”
Levanté la vista. Un hombre de unos cincuenta años sostenía un paraguas. Su rostro reflejaba genuina preocupación, algo que no había visto en mucho tiempo.
Se llamaba Héctor Salinas, abogado corporativo jubilado. Vivía en la casa frente a la mansión Beltrán. Lo había visto todo.Continuar leyendo...
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