Desde que Lucía se casó con Adrián Beltrán, un influyente empresario inmobiliario, el miedo se había vuelto parte de su vida diaria. Él no siempre gritaba. A veces solo miraba. Y eso era peor.
Había llegado esa mañana porque mi pequeño apartamento se había quedado sin calefacción. Solo necesitaba un café caliente y unas horas para entrar en calor. Afuera, la lluvia caía sin piedad.
Adrián apareció en la cocina como una sombra elegante. Traje impecable, reloj caro, desprecio en la mirada.
—¿Qué hace aquí? —escupió las palabras como si fueran veneno—. Lucía, te lo advertí. No quiero a tu madre en mi casa.
—Adrián, por favor… es sólo por hoy —intentó mi hija.Continuar leyendo...
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