Todos lo llamaban el contador. Tenía cara de oficinista, de burócrata, no de criminal. Me habló con educación, casi con amabilidad. Me explicó las reglas. Yo venía a limpiar, a cocinar si hacíafalta, a lavar ropa. No podía hablar con nadie de lo que veía. No podía usar teléfono dentro de la casa, no podía preguntar nada.
No podía mirar a los ojos a nadie a menos que me hablaran primero. Si cumplía, me pagarían bien y me tratarían con respeto. Si no cumplía, bueno, el contador no especificó qué pasaría, solo me miró fijamente por unos segundos y eso fue suficiente. La amenaza estaba clara, sin necesidad de palabras.
Ese primer día limpié la casa entera. Barrí, trapé, lavé trastes, tendí camas, limpié baños, recogí basura, organicé la cocina, todo normal, como cualquier casa rica. Pero cuando llegué a uno de los cuartos del fondo, un cuarto que estaba cerrado con llave y que el contador me abrió personalmente, encontré algo que me heló la sangre.
El cuarto estaba vacío, excepto por una silla de metal en el centro y en el piso alrededor de la silla había manchas oscuras, manchas que yo sabía perfectamente que eran. Había limpiado sangre de pollo cuando ayudaba a mi mamá a desplumar animales en el limón. Había limpiado sangre de puerco cuando matábamos para las fiestas.
Conocía el olor, conocía la textura, conocía cómo se secaba y se ponía café con el tiempo. Esa mancha era sangre humana, mucha sangre humana. No dije nada. Sentí que las piernas me temblaban, que el estómago se me revolvía, que quería salir corriendo de ahí y nunca volver. Pero pensé en Lupita, en su sonrisa, en sus útiles escolares, en la casa que íbamos a perder.
Respiré hondo, fui por la cubeta, eché cloro y tallé hasta que no quedó rastro. Tardé dos horas en limpiar ese cuarto. Cuando terminé, el piso de cemento estaba impecable, como si nunca hubiera pasado nada ahí. El contador vino a revisar mi trabajo, asintió con aprobación y me dio un sobre con 500 pesos en efectivo. Hizo buen trabajo, doña Lupe me dijo.
La esperamos mañana a la misma hora. Así empezó todo. Así empezaron 12 años de mi vida que quisiera borrar de mi memoria, pero que tengo grabados para siempre como si fueran ayer. Durante los primeros meses solo limpiaba esa casa de tlajomulco. Iba tres o cuatro veces por semana, siempre temprano, siempre en la suburban negra, siempre con diferentes chóeres.
Eh, los hombres de la casa me empezaron a a conocer, a tratarme con cierto respeto. Me decían doña Lupe o jefa, algunos hasta me pedían que les preparara comida especial. Tamales de puerco, pozole rojo, birria de res. Yo cocinaba para ellos como si fueran mis hijos. Les preparaba sus platillos favoritos, les ponía la mesa bonita, les servía con una sonrisa, no porque los quisiera, sino porque aprendí rápido que en ese mundo ser útil era ser intocable.
Mientras yo le sirviera, mientras yo limpiara su mugre y guardara sus secretos, ellos me protegerían. Pero también vi cosas que ninguna persona debería ver. Vi cómo traían hombres amarrados en la cajuela de camionetas con bolsas negras en la cabeza, gritando y suplicando. Vi cómo los bajaban a golpes, cómo los arrastraban por el piso, cómo los metían al cuarto del fondo.Continuar leyendo...
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