Nadie se mueve, nadie habla, solo escuchan. Cuando termina la canción hay silencio por 3 segundos completos, luego los aplausos. Pero no son aplausos normales, son aplausos respetuosos, reverentes, como en una iglesia. Juan Gabriel sonríe, limpia sus propios ojos. Gracias. Ahora sí, sigamos con la fiesta.
La orquesta empieza a tocar una canción alegre. El público grita, salta, canta. El concierto continúa como si nada hubiera pasado. Pero algo pasó. Todos los que estaban ahí lo sintieron. Cuando el concierto termina dos horas después, la gente sale del auditorio diferente. No saben explicar por qué, pero algo cambió. Juan Gabriel vuelve a su camerino, se quita el traje blanco, se sienta en el sofá, exhausto, feliz, triste, todo al mismo tiempo.
Mario, su asistente, entra. Fue un gran show. Gracias. Lo que dijiste ahí afuera sobre la pareja fue hermoso. Juan Gabriel asiente. No dice nada. De verdad los viste o fue algo que improvisaste. Juan Gabriel lo mira. Los vi. Cada detalle, cada gesto, todo era real. Mario se sienta junto a él. ¿Por qué paraste el show para decirlo? Juan Gabriel piensa, tarda en responder.
Porque a veces veo tantas cosas que dejo de verlas de verdad. Veo miles de caras cada noche, pero no las veo. Solo veo una masa, un público, no personas. Se inclina hacia adelante, los codos en las rodillas, pero esta noche los vi a ellos dos y me recordaron que detrás de cada boleto vendido hay una historia, hay una vida, hay amor, hay dolor, hay todo.
¿Crees que ellos supieron que hablabas de ellos? No sé, tal vez, tal vez no, no importa. Pero sí importaba porque en la fila 16 del Auditorio Nacional, la pareja que Juan Gabriel describió está todavía sentada, aunque el lugar ya está casi vacío, aunque los trabajadores del lugar están empezando a limpiar. El hombre en la silla de ruedas se llama Roberto. Tiene 62 años.Continuar leyendo...
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