30 años siendo padre y madre
De día trabajaba fabricando muebles y reparando lo que le encargaban en el mercado del pueblo. De noche, bajo una bombilla tenue, hacía pequeñas piezas de madera para vender en el tianguis del fin de semana.
Las niñas crecieron con leche rendida con agua, sopas sencillas y noches de fiebre en las que la única medicina era la mano áspera de su padre sobre sus frentes.
Aprendió a cambiar pañales, preparar biberones, peinar y hacer trenzas.
Dejó el cigarro. Dejó el alcohol cuando sus amigos lo invitaban después del trabajo.
—Ese dinero es para la leche de mis hijas —decía.
Hubo días en que no alcanzaba para comprar leche para las tres. Él comía tortillas con sal para que ellas pudieran tener huevo y carne.
Los vecinos murmuraban:
—Un hombre criando tres niñas sin madre… quién sabe si salgan adelante.
Don Rafael solo sonreía con humildad y seguía lijando el mueble que tenía entre manos.
Tres niñas pobres… pero con la frente en alto
Valeria —la mayor— era estudiosa y fuerte. Desde pequeña ayudaba a su padre en el taller, limpiando y acomodando herramientas.
Camila —la de en medio— era brillante con los números. Le encantaba hacer las cuentas cada vez que llegaba un cliente.
Sofía —la menor— era callada, amante de los libros, y pasaba las tardes leyendo en el pequeño porche de la casa.
Las tres iban a la escuela con zapatos desgastados y mochilas regaladas por vecinos. Pero jamás faltaban a clases.
El día que las tres fueron aceptadas en la Universidad Nacional Autónoma de México en Ciudad de México, don Rafael se sentó frente a su casa y lloró como un niño.
—No pude darles riqueza… solo espero que sean mujeres de bien.
Las tres lo abrazaron con fuerza.
—Papá, nunca permitiremos que vuelvas a bajar la cabeza por nosotras.Continuar leyendo...
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