Don Rafael era un hombre humilde que dedicó toda su vida al oficio de carpintero en un pequeño pueblo a orillas del río, en el estado de Veracruz, cerca de la ciudad portuaria de Veracruz. Se especializaba en fabricar mesas, sillas y armarios para las familias de la zona, y en reparar viejos marcos de puertas carcomidos por las termitas.
Se casó tarde. Casi a los 40 años logró contraer matrimonio con una mujer quince años menor que él, llamada Marisol. La felicidad llegó tarde, pero llegó rápido… y también se fue con la misma prisa.
Una mañana lluviosa, cuando sus trillizas —Valeria, Camila y Sofía— apenas tenían tres meses de nacidas, Marisol recogió su ropa en silencio. Sobre la vieja mesa de madera dejó una nota:
“No soporto esta vida de pobreza. Encárgate tú de las niñas.”
Sin lágrimas. Sin mirar atrás.
Don Rafael sostuvo a sus tres pequeñas en brazos, quedándose inmóvil en medio de la casa con techo de lámina por donde se filtraba la lluvia. Afuera, el aguacero tropical caía con fuerza. Dentro de su corazón, otra tormenta también se desataba.
No maldijo. No lloró.
Solo susurró:
—Si no tienen madre… su padre será también su madre.Continuar leyendo...
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