Un padre y su hija desaparecieron en los Pirineos; cinco años después, unos excursionistas descubren lo que estaba oculto en lo profundo de una grieta de la montaña.

No puedo moverme. Debe quedarse…

Terminó abruptamente.

—Julián estaba herido —dijo Morel en voz baja—. Y Clara… seguía viva.

Pero ninguno de los cuerpos estaba presente.

Aún más inquietante: alguien había estado contando los días. Tres arañazos verticales repetidos una y otra vez cubrían la pared.

Al menos treinta marcos.

Un mes atrapado.

A medida que aumentaba la presión, la búsqueda se amplió. Y entonces surgió una novedad: una cuerda moderna, recién colocada, que no pertenecía a ninguno de los involucrados: ni a las víctimas ni a los equipos de rescate.

“Había alguien más aquí”, dijo Morel, mirando fijamente la piedra silenciosa.

La montaña no respondió.

Pero al día siguiente, finalmente algo sucedió.

El tercer día resultó crucial. Muy por encima de la cueva, en un empinado pasaje vertical, los investigadores encontraron huellas tenues, recientes. Demasiado recientes para pertenecer a alguien de cinco años atrás. Y demasiado tenues para ser de un adulto.

Unas horas después, enterrado bajo piedras sueltas, descubrieron un pequeño colgante en forma de estrella. El favorito de Clara. El que nunca se quitaba.Continuar leyendo...

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