Un hombre encontró una perra pastora preñada en la calle: cuando dio a luz, el veterinario se dio cuenta con horror de que no eran cachorros, sino algo más.
Esa tarde, caía una fría lluvia otoñal. El hombre regresaba a casa cuando oyó un gemido lastimero en la acera. Bajo una farola, en la hierba mojada, yacía una perra pastora alemana: delgada, herida, con el pelo sucio pegado al cuerpo.
Se sentó junto a ella y extendió la mano con cuidado. La perra temblaba, pero no se quejó, solo sollozaba suavemente, como pidiendo ayuda.
“Ten paciencia, niña”, susurró. “Te llevaré al médico ahora mismo”.