La mirada de Carl permaneció firme, sin indagar, sin dramatismo. Simplemente paciente.
Por un momento, pensé en mentir de nuevo. Pero mentir ya casi me mata. Y algo en el rostro de Carl me decía que no reaccionaría con incredulidad ni compasión. Parecía un hombre que entendía que la vida puede volverse fea sin previo aviso.
“Carl”, dije lentamente, “¿alguna vez has descubierto una traición tan profunda que cambia tu forma de ver todo?”
Su mirada se suavizó. “Sí”.
“Entonces sabes lo que te hace en el estómago”, murmuré. “Cómo te hace sentir como si el mundo hubiera cambiado”.
Carl asintió una vez. “Dime”.Continuar leyendo...
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