Fue entonces cuando se me acercó. Me preguntó si el asiento de al lado estaba libre, sonriendo como si ya nos conociéramos. Era claramente más joven, pero no había despreocupación ni burla en su mirada. Me miró con atención y sinceridad, como si fuera la única mujer allí.
Empezamos a hablar: del océano, de la vida, de todo y de nada. Fui sincera desde el principio. Le dije mi edad. Le dije que estaba casada. Le dejé claro que no buscaba promesas. Él simplemente asintió y dijo que no quería nada más allá de esos pocos días. Nada de expectativas. Nada de planes para el futuro.Continuar leyendo...
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