Más precisamente, pertenecía a la empresa que construí mucho antes de casarme con él, una empresa que tontamente le había permitido “administrar” en el papel, por amor y confianza.
No lloré. No entré en pánico. Abrí mi aplicación bancaria.
Allí estaba: gastos de boutiques, restaurantes, joyerías; gastos pequeños pero constantes. Rutina. Y el detalle que más me dolió fue una nota en un recibo que Valeria había añadido ella misma:
“Por mi parte, gracias.”
Llamé al banco inmediatamente.
Quiero que me cancelen la tarjeta negra. ¡Ahora mismo!
El agente dudó y mencionó privilegios y beneficios.