No estaba listo. Aun así, me puse el abrigo, llamé a un taxi y fui.
«Hace sesenta y cinco años, creí haber enterrado este secreto para siempre».
El garaje estaba en las afueras de la ciudad, una larga hilera de puertas metálicas idénticas en un solar que parecía inalterado desde los años setenta. Encontré el número 122, metí la llave en el candado y levanté la puerta.
Lo primero que me llegó fue el olor: papel viejo y cedro, la particular sensación de un espacio cerrado.
En medio del suelo de cemento había una enorme caja de madera, más alta que yo, cubierta de telarañas y polvo que indicaban que llevaba allí muchísimo tiempo.
Limpié la parte delantera con un trapo que saqué del bolsillo, encontré el pestillo y levanté la tapa.
El olor me llegó de nuevo.Continuar leyendo...
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