Me llamo Margaret Lewis. Tengo sesenta y ocho años y durante cuarenta trabajé en la misma granja en Iowa junto a mi difunto esposo, Robert.

Mucha gente me preguntaba si no me dolía “denunciar” a mi propio hijo. La verdad es que me dolió mucho más callar durante años. El silencio protege al abusador, nunca a la víctima. Comprendí que defenderme no me convertía en una mala madre. Me convertía en una persona digna.

Hoy, utilizo parte del dinero de la granja para ayudar a otras mujeres mayores a acceder a asesoramiento legal básico. No doy discursos heroicos. Simplemente comparto mi historia cuando alguien la necesita. Porque estas cosas ocurren con más frecuencia de lo que creemos, en hogares comunes y corrientes, con apellidos comunes y corrientes.

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