
Algo se movió dentro de mí. Esa sensación familiar —cuando no te escuchan, cuando no respetan tus límites. No quería discutir, pero tampoco pensaba quedarme invisible. Me pregunté: ¿cómo recordarle a alguien los límites personales sin caer en la agresividad?
Entonces se me ocurrió una idea poco convencional. Saqué de mi bolso tres chicles, los desenvolví lentamente, los coloqué en la mesita… y dije en voz alta, con total serenidad:
— Espero que tu cabello no vuelva a caer aquí. Este espacio ya está ocupado.Continuar leyendo...
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