Hoy, mi hija abrió su helado de chocolate favorito

Parecía plástico.

No pequeño.

Ni siquiera visible.

Lo suficientemente grande como para que, si hubiera mordido más fuerte o de otra manera, se lo hubiera tragado.

Sentí una ola de horror invadirme.

¿Cómo llegó esto allí?

¿Cómo podría algo así pasar el control de calidad?

¿Y si no se hubiera dado cuenta?

Mi mente pasó por todas las posibilidades en cuestión de segundos.

Las consecuencias inmediatas

Primer instinto: asegurarse de que estaba bien.

Ella no había tragado nada.

Ella no se había ahogado.

Ella no lo había mordido.

Pero la sorpresa en su rostro me dijo que esto era más que simplemente un “momento desagradable”.

Fue una traición.

Éste era su dulce favorito.

En quien ella confiaba.

El que ella esperaba con ansias.

Y ahora, me sentía inseguro.

Dejé el cono a un lado inmediatamente.

Le lavamos las manos.

Le enjuagamos la boca.

Nos sentamos juntos a la mesa.

Sus manos temblaban ligeramente.

También lo fueron los míos.

Cuando la confianza se rompe en las formas más pequeñas

No solemos pensar en la confianza que depositamos en los objetos cotidianos.

Comestibles.

Aperitivos.

Alimentos envasados.Continuar leyendo...

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