Bajo unas ramas, por fin vio un portabebés escondido, como si lo hubieran ocultado a toda prisa. Dentro, una niñita, envuelta en una manta rosa demasiado ligera para el frío de la mañana. Tenía las manos frías, los labios ligeramente azules y el rostro surcado por las lágrimas.
Maxime no lo dudó. Agarró el portabebés, ajustó la manta y corrió a casa. Una vez allí, encendió un calefactor, envolvió al bebé en una toalla tibia de Léo y preparó un biberón con la leche en polvo que había guardado, de la que no pudo desprenderse tras la muerte de Léna. La pequeña se aferró al biberón con una urgencia desgarradora. Gracias a esta rápida acción, la vida de la bebé se salvó en cuestión de minutos.
Cuando finalmente sintió que su piel se calentaba, Maxime pidió ayuda. El equipo médico lo tranquilizó: su intervención probablemente había evitado lo peor. La niña fue trasladada al hospital y puesta bajo protección mientras identificaban a sus padres.Continuar leyendo...
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