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“Antonio”, dijo suavemente, “tenemos que hablar”.
Nos separamos de los demás. Entonces pronunció la frase que llevaré conmigo para siempre:
«Tienen veinticuatro horas para salir de mi casa».
No había ira en su voz, ni un tono elevado; solo una orden fría y eficiente, pronunciada el mismo día que enterramos a mi hija. Explicó que la casa era legalmente suya, que necesitaba “espacio” y que no quería complicaciones. Lo miré, sentí un nudo en el pecho… y sonreí.