—Levántate, ‘cosa’ —la voz de su padre sonó áspera. Nunca la llamaba por su nombre. Nombrar algo era reconocer su alma.
Zainab se levantó, acariciando con los dedos el ribete de terciopelo del sillón. Sintió una presencia en la habitación: un olor a humo de leña, tabaco barato y el ozono de una tormenta inminente.
—La mezquita tiene muchas bocas que alimentar —dijo Malik, con la voz impregnada de un cruel alivio—. Uno de ellos ha accedido a acogerte. Te casarás mañana. Con un mendigo. Una carga ciega para un hombre destrozado. Una simetría perfecta, ¿no crees?
El silencio que siguió fue visceral. Zainab sintió que la sangre se le retiraba de las extremidades, dejándole los dedos helados. No lloró. Las lágrimas eran una moneda que había agotado a los diez años. Simplemente sintió que el mundo se tambaleaba.Continuar leyendo...
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