Existe además una dificultad frecuente: aceptar que los hijos ya no son los niños de antes. Muchos padres conservan una imagen del pasado y les cuesta reconocer la identidad actual de sus hijos como adultos autónomos. Interesarse genuinamente por quiénes son hoy —sus proyectos, pensamientos y desafíos— fortalece la relación. Cuando esto no ocurre, el hijo puede experimentar una sensación de invisibilidad.
Lo más complejo de este tipo de distanciamiento es que rara vez hay un único responsable. No hay villanos evidentes. Son dinámicas que se desarrollan con el tiempo, marcadas por malentendidos, expectativas no expresadas y emociones acumuladas. Mientras los padres sienten pérdida, los hijos pueden sentir alivio al reducir el contacto. Ambos experimentan dolor, aunque desde lugares distintos.Continuar leyendo...
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