Cuando perdemos a alguien que nos importaba profundamente, su ausencia no llega con ruido, sino con silencio.
Ese silencio a menudo invita a la mente a retroceder en busca de familiaridad, consuelo o tranquilidad. En las semanas o meses posteriores a una pérdida, muchas personas notan momentos en los que los recuerdos se sienten inusualmente nítidos, las emociones afloran sin previo aviso o surge una sensación de cercanía durante las pausas tranquilas del día. Estas experiencias pueden resultar reconfortantes, pero también pueden dejarnos preguntándonos qué significan. ¿Son algo que nos supera o simplemente la forma en que la mente se aferra mientras sana?