La llamada que lo cambió todo
Un martes por la tarde, como cualquier otro, recibí una llamada de nuestra vecina del pueblo cerca de nuestra casa de campo. Era una mujer mayor que vivía todo el año en la zona y cuidaba con cariño las propiedades de los alrededores.
“Oye”, dijo en un tono informal y familiar, “vi a tu marido cerca de tu casa ayer por la tarde”.
Al principio, la verdad es que no entendía qué me decía ni por qué valía la pena mencionarlo.
“Debes estar equivocada”, respondí con total seguridad. Mark estuvo trabajando todo el día de ayer. No pudo haber estado en la casa de campo.
“No, estoy casi segura de que era él”, dijo con calma y sin ninguna duda. “Salió de tu casa y se pasó un buen rato cargando varias cosas de su coche. Pensé que te gustaría saber que estaba allí”.
Le di las gracias y colgué el teléfono, pero en mi interior me sentí abrumado por una repentina ansiedad. Pensamientos incómodos comenzaron a inundar mi mente de inmediato, preguntas que no podía responder y que no quería plantearme.
¿Por qué estaría Mark en nuestra casa de campo sin decírmelo? ¿Por qué me ocultaría estos viajes? ¿Qué razón podría tener para guardar este secreto? Y lo más inquietante de todo, ¿qué hacía exactamente allí que requería un ocultamiento tan deliberado?
Poniendo a prueba mis sospechas
El fin de semana siguiente, Mark volvió a anunciar que no tenía intención de ir a la casa de campo. Su tono era firme y tajante, como si el tema ni siquiera estuviera abierto a discusión.
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“Quizás vaya sola entonces”, sugerí con la mayor naturalidad posible. “Me vendría bien un poco de aire fresco y un rato en el jardín”.
Su reacción fue inmediata y reveladora. Se tensó visiblemente, su lenguaje corporal adoptó una actitud defensiva, casi alarmada.
“No”, dijo demasiado rápido, con voz cortante. “No quiero que vayas sola. Me sentiré mucho mejor si te quedas en casa este fin de semana”.
En ese preciso momento comprendí con total claridad que algo iba muy mal. Si realmente no pasaba nada extraño ni preocupante en nuestra casa de campo, no tendría motivos para prohibirme la visita. Su evidente ansiedad por mi visita confirmaba que ocultaba algo importante.
Cuando Mark salió de casa ese sábado por la mañana, supuestamente para hacer recados en la ciudad, tomé una decisión. Me subí a mi coche y lo seguí a una distancia prudencial.
Condujo directamente hacia nuestra casa de campo, tal como me había descrito el vecino. Mi corazón latía con más fuerza a cada kilómetro. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que empezaban a dolerme.
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