La caja siempre había estado allí.
Cerrado. Escondido en un trastero que rara vez usaba. Nadie preguntaba qué había dentro. Ni yo. Ni mi madre. Incluso ella, su esposa, había aprendido hacía mucho tiempo a no cuestionar ciertos límites. Pero ese día, algo fue diferente. La curiosidad venció al miedo silencioso con el que había aprendido a vivir.
El día anterior había registrado su oficina.
Sin documentos. Sin dinero. Nada que explicara adónde había ido ni por qué se había vuelto tan distante. Solo el mismo objeto, envuelto con cuidado y guardado donde se guardan las cosas importantes. Esa ausencia —de explicaciones, de normalidad— la inquietaba más que el objeto en sí.
Cuando finalmente lo sacó del cajón, se dio cuenta de lo extraño que era.
Medía casi 30 centímetros de alto, era suave al tacto, con su superficie grabada con intrincados patrones repetitivos que no parecían tanto decorativos como deliberados. En la parte superior había delgadas proyecciones articuladas —como antenas o extremidades articuladas— dispuestas con una precisión inquietante. No parecía nada familiar. No era una herramienta. No era un adorno. No era algo que se pudiera entender a simple vista.
Nadie podía explicar para qué servía.
Cuando me lo entregó lo sentí inmediatamente.
Recent Articles
¿Quién es el más tonto aquí? ¡Cada una de tus decisiones revela una faceta de tu personalidad!
Una mujer rocía crema de afeitar alrededor del inodoro por esta brillante razón
¡Mi abuela es una auténtica fan de esta receta de limpiador de pisos de alta potencia! ¡Sus pisos siempre brillan!