“Como abogado de Elena Molina”, anunció, “confirmo que los procedimientos legales se formalizaron esta tarde en la Audiencia Provincial”.
Continuó, profesional y preciso:
Habría una auditoría completa.
Había irregularidades.
Traslados.
Malversación de recursos corporativos.
Ricardo intentó protestar, pero los detalles de Montenegro eran demasiado específicos: un apartamento vinculado a estructuras fantasma, gastos disfrazados, contratos que parecían de consultoría pero funcionaban como un conducto.
Isabela palideció.
“¿Qué contratos?”, susurró.
La sonrisa de Elena no cambió.
“Ay, querida… ¿no lo sabías? Ricardo creó contratos entre tu empresa y la suya para justificar transferencias. Conveniente, ¿verdad?”
Isabela se estremeció, horrorizada.
La ira de Ricardo se transformó en pánico.
Elena entonces ofreció lo que, a ojos de los demás, sonó a clemencia.
“Puedes quedarte con el diez por ciento de la empresa”, dijo, “suficiente para una vida cómoda. Puedes quedarte con la casa de la playa. Puedes quedarte con el apartamento”.
Ricardo la miró fijamente.
“¿Y a cambio?”
La mirada de Elena se agudizó.
“Firmarás una confesión completa y asumirás la responsabilidad. Te comprometes a no volver a involucrarte en los negocios de la familia Silveira. Y no te pondrás en contacto con nosotros”.
“¿Y si me niego?”
La sonrisa de Elena se volvió gélida.
“Entonces podrás explicar tus decisiones creativas a las autoridades durante los próximos cinco a diez años. Y la Sra. Carvallo también podrá explicar su participación”.
Isabel sollozó.
“No lo sabía”, insistió. “No sabía que los contratos eran falsos”.
El tono de Elena se suavizó, solo un poco.
“Te creo. Por eso te ofrezco una salida”.
Una opción: testificar sobre los métodos de Ricardo y quedar impune, o negarte y ser tratada como cómplice.
Isabel miró a Ricardo y, por primera vez, sus ojos reflejaban miedo de él, no de él.
4) La Sala Privada y la Decisión Final
Después del salón de baile, los tres se trasladaron a una suite privada. Sillas de cuero. Una mesa pulida. Contratos dispuestos como armas envueltas en papel.
Ricardo finalmente estalló.
“Esto es una trampa. Ella lo planeó”.
La voz de Montenegro se mantuvo firme.
“Señor Molina, su esposa usó pruebas documentadas: préstamos, transferencias, uso indebido de cuentas corporativas. La vigilancia por sí sola es exhaustiva”.
Aparecieron fotos sobre la mesa: Ricardo e Isabela entrando al apartamento, comprando, viajando. Isabela los miró como si viera su propia vida desde fuera.
“Lo supo… durante meses”, susurró Isabela.
Montenegro lo confirmó: las sospechas de Elena comenzaron al notar discrepancias financieras. Investigó discretamente, reunió pruebas y diseñó una estrategia.
Entonces Elena entró en la habitación; ya no llevaba tiara, pero conservaba la misma autoridad serena.
“No estaba fingiendo”, dijo. “Estaba observando”.
Ricardo intentó exigir privacidad.
Elena se negó.
“No nos queda nada privado”.
Enumeró lo que tenía: registros, declaraciones, mensajes, documentación suficiente para el divorcio, y más.
Entonces se presentaron las opciones:
Ricardo firma, confiesa, acepta una parte reducida, evita las consecuencias penales.
Ricardo se niega, y todo va a las autoridades, con graves consecuencias.
La opción de Isabela era similar: cooperar o verse arrastrada a las consecuencias.
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