Ricardo entró del brazo de Isabela.
Era impresionante: vestido azul petróleo, cabello recogido en un sofisticado recogido, collar de diamantes que reflejaba la luz. Parecía una promesa que se había hecho a sí mismo.
“Esta es nuestra noche”, susurró. “Relájate”.
Ricardo lo intentó.
Pero la sala se sentía diferente. Rostros familiares lo recibieron con calidez, pero sus miradas se detuvieron demasiado tiempo. Demasiado curiosas. Demasiado agudas.
Y la ausencia de Elena no pasaba desapercibida.
Marta Silveira, prima lejana de Elena y una de las organizadoras, se acercó con una sonrisa que parecía una cuchilla.
“Ricardo. Qué sorpresa… y qué compañía tan encantadora”.
Presentó a Isabela con naturalidad.
De Marta
Su mirada recorrió a Isabela de pies a cabeza.
“¿Y Elena? Le encanta este evento. Incluso sugirió el tema de este año.”
Ricardo no pestañeó.
“Elena no se encuentra bien. Está resfriada. Insistió en que viniera, ya que somos patrocinadores.”
La sonrisa de Marta se mantuvo educada, pero sus ojos decían algo más:
Lo sabemos.
Al alejarse, la confianza de Isabela flaqueó.
“Ella lo sabe”, susurró Isabela. “Siento que todos lo saben.”
Ricardo forzó una risa.
“Te lo estás imaginando. Ven, a bailar.”
Salieron a la pista. Isabela se movió con naturalidad, y durante unos minutos Ricardo se dejó llevar por la ilusión: la música, los aplausos, la emoción de ser visto con la mujer que deseaba.
Entonces vio a Elena.
Estaba de pie cerca de la entrada como una reina que llega tarde a propósito.
No llevaba el Valentino que había mencionado. Llevaba un vestido dorado que Ricardo no reconoció: atrevido, luminoso, de un ajuste perfecto. Su cabello caía en suaves ondas, y en su cabeza reposaba la tiara de diamantes Silveira, una reliquia que no aparecía a menos que la familia quisiera dejar huella.
Parecía tranquila.
No dolida.
No confundida.
Tranquila.
Y a su lado estaba el Dr. Alejandro Montenegro, uno de los abogados mercantiles más respetados de Madrid.
A Ricardo se le encogió el estómago.
¿Por qué lo traería Elena?
Antes de que Ricardo pudiera moverse, Elena se acercó a ellos, sonriendo como si hubiera venido a recibir invitados, no a denunciar una traición.
“Mi querido Ricardo”, dijo con cariño. “Qué sorpresa encontrarte aquí”.
A Ricardo se le secó la boca.
“Elena… dijiste que estabas enferma”.
“Oh, me recuperé”, dijo con ligereza. “No podía faltar esta noche. Esta noche no”.
Entonces se volvió hacia Isabela como si fueran viejas conocidas.
“Y usted debe ser Isabela Carvallo. He oído hablar mucho de usted.”
Isabel palideció.
“Señora Molina…”
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