Isabel Carvallo tenía treinta y dos años, era brillante, ambiciosa y tenía ese magnetismo que la juventud a menudo siente como un renacimiento para un hombre que teme aburrirse. Era directora de marketing en una empresa rival y meses antes lo había desafiado públicamente en una conferencia en Barcelona, obligándolo a defender sus ideas con una pasión que no había sentido en años.
Ese enfrentamiento se convirtió en una cena.
La cena se convirtió en un romance. Y la aventura se convirtió en un hábito que Ricardo empezó a llamar “amor”, sobre todo porque le ayudaba a justificar las mentiras.
En su mente, Elena se había vuelto predecible: comidas benéficas, tardes de spa, reformas en casas de campo, chismes sociales. Su matrimonio parecía funcional, refinado y tranquilo… como un museo con las luces encendidas pero sin visitantes.
Isabela se sentía como una tormenta.
Esta noche, quería estar a su lado bajo esas lámparas de araña y ser vista.
Su teléfono vibró.
Isabela: “¿Estás lista para nuestra gran noche?”
Ricardo dudó. Frente a él había una foto enmarcada de París: Elena sonriéndole a su lado, tranquila y radiante.
“Isabela… no sé si esta noche es el momento adecuado”.
La voz de Isabela era suave pero firme, esa firmeza que se sentía como una mano alrededor de su muñeca.
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