Tras estas palabras, el chico se levantó el pantalón. Debajo había una prótesis. El metal brillaba a la luz. Alguien en la cabina jadeó levemente. Un hombre bajó la mirada y una anciana se tapó la boca con la mano.
Mamá palideció de repente. Su confianza se desvaneció en un instante. Intentó decir algo, pero le fallaron las palabras. Los niños se aferraron a ella con más fuerza.
El chico se bajó el pantalón con calma y volvió a sentarse. No dijo nada innecesario, no miró a su alrededor, no intentó avergonzar a nadie. No había ira en su rostro, solo cansancio.
Un silencio incómodo se apoderó del autobús. Uno de los pasajeros comentó en voz baja que no se puede juzgar a una persona por sus tatuajes ni su edad. Varios estuvieron de acuerdo.
Mamá ya no exigió asiento. Simplemente se quedó en silencio, mirando por la ventana.