La gente en el autobús empezó a darse la vuelta.
“Los jóvenes de hoy en día no tienen ningún respeto”, añadió, esta vez para que todo el autobús la oyera. “Se sientan encorvados, mientras que una mujer con niños debería estar de pie”.
El joven respondió con calma:
“No fui grosero con nadie”.
—Entonces ceda el paso —interrumpió ella—. Son modales básicos. Un hombre de verdad no se sienta cuando hay una madre y sus hijos cerca.
Uno de los pasajeros asintió. La mujer continuó:
¿Te cuesta ponerte de pie? Eres joven y sano. ¿O te molestan tus tatuajes?
¿Estás seguro de que mereces sentarte en este asiento sólo porque tienes hijos?
“Claro”, espetó. “Soy madre”. ¿Acaso eres digno?
La tensión llenó la cabina. El chico se levantó lentamente, agarrándose a la barandilla.
—Mira, puedes hacerlo cuando quieras —dijo mamá con un tono visiblemente triunfal—. Deberías haberlo hecho de la manera fácil.
Pero fue en ese momento que el joven hizo algo que dejó a todos atónitos.

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