Sus labios temblaron.
—Sí… intenté abrirla… pero no pude.
Seguro infantil bloqueado desde afuera.
Mi hijo… había intentado escapar.
Tres semanas después, Mateo pudo regresar a casa.
Dejé definitivamente el turno nocturno. El hospital me dio horarios flexibles y nos mudamos a la casa de mi abuela en el campo, un lugar lleno de recuerdos seguros.
Lucía se mudó cerca con su hija.
El doctor Cruz nos visitaba con frecuencia.
La detective Salgado dejó de ser solo una investigadora y se convirtió en amiga.
Formamos una nueva familia.
No de sangre… sino de lealtad.
El día que Mateo cumplió cuatro años, celebramos bajo el cerezo del patio.
—Pide un deseo conmigo, mamá —me dijo.
Cerré los ojos.
No pedí que el dolor desapareciera.
Solo pedí fuerza para seguir adelante con mi hijo.
Esa noche, mientras lo veía dormir en paz, comprendí algo esencial:
La familia no es quien comparte tu sangre.
La familia es quien se queda cuando todo se derrumba.
Y mi pequeño —al que intentaron silenciar— se convirtió en la razón por la que construí una nueva vida.