Durante mi turno nocturno, trajeron inconscientes a mi esposo, a mi hermana y a mi hijo de tres años. Cuando intenté correr hacia ellos, un colega médico me detuvo en silencio.

El alivio me golpeó con tanta fuerza que casi me desplomo.
—¿Puedo verlo?

Él asintió.

La detective se hizo a un lado.
—Seguiremos después. Pero prepárate… esto aún no termina.

Con ayuda de Lucía, caminé por el pasillo como si avanzara dentro de una nube espesa.

Cuando llegué a la sala de terapia intensiva, me quedé inmóvil.

Mi pequeño estaba ahí, tan frágil, rodeado de máquinas, con vendajes por todo el cuerpo. Moretones marcaban sus muñecas… como si alguien lo hubiera sujetado con fuerza.

Las piernas me fallaron al tomar su mano.

—Mamá está aquí, amor… ya estoy contigo.

Sus párpados temblaron.

Y entonces, sus diminutos dedos se movieron.

—Mamá… —susurró débilmente.

Las lágrimas brotaron sin control.

Pero después dijo algo que terminó de romperme:

—Papá dijo… que no te dijera…

La verdad apenas comenzaba.

Me incliné hacia él, acariciando su cabello.

—Puedes decirme todo, mi vida. Estoy contigo.

Con voz temblorosa, confesó:
—Papá y tía Mariana… me dijeron que no hablara. Yo quería irme a casa… cerraron la puerta.

El dolor fue insoportable.
Él lo recordaba todo.

El doctor Cruz habló con suavidad detrás de mí.
—Sofía… tiene marcas claras en ambas muñecas. Fue sujetado. Lo siento.

“Lo siento.”
No alcanzaba.

La detective entró en silencio.
—Mateo, ¿puedo hacerte una pregunta?

Él asintió débilmente.

—¿La puerta del coche estaba cerrada para que no pudieras salir?

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