Mi nombre es Emilio Torres. Tengo 68 años, soy viudo y vivo en una vieja casa portuaria donde crié a mi único hijo después de que mi esposa Rosa muriera. Siempre creí que el amor de padre podía sostener cualquier tormenta. Hasta aquella madrugada.
Eran alrededor de las 3:15 cuando escuché la llave raspando en la cerradura. La lluvia caía fuerte y el sonido de la puerta golpeando la pared me puso en alerta. Julián entró tambaleándose, empapado, oliendo a alcohol barato.
El jarrón azul de mi abuela cayó hecho pedazos cuando lanzó las llaves.
No dijo nada.
Cuando me vio en la cocina, su rabia explotó.